
La mano de Azarías fue levantando la falda de ella y mientras tocaba, acariciaba, reconocía le piel de Nieves su excitación no tenía mesura y creyó que allí no más iba a encontrar el límite crucial del sexo sin siquiera haberla besado, lamido, penetrado. Entonces pensó en la estrechez de su tabuco, en su padre entumecido, apoyado en la cachava, en el nido de carnutas abatido por una tormenta que él cuidaba y en el jaral desde donde él la espiaba a ella y, sólo así, pudo bajarle las bragas, sin correrse allí mismo, sin permitir a su orgasmo mojar sus pantalones que le llegaban a la media pierna. Nieves le miraba a sus ojos que semejaban dos tizones y ella misma, apurando el caso abrió su blusa, bajo la cual no tenía sostenes y Azarías se prendió de aquellos senos duros y mamó como un niño de pecho. Se deshizo a medias de sus jubones y comenzó a tocar la humedad del sexo de ella, primero con sus dedos, luego con su boca, y cuando entendió que ya no podría aguantar un momento más decidió hundirse en ella.
Un ruido a hojas pisadas y ramas desgarradas hizo que ambos se voltearan a medias y los gemidos anticipados se acallaron. El señorito Martín Alvar, el hermano mayor de Nieves, les miró desde el más profundo desprecio y apuntando con una escopeta de dos caños disparó a la espalda de Azarías.
Roja sangre de amante de las chabolas derramada, roja sangre de cazador cazado que cayó de lado sin haber tomado siquiera el baluarte deseado. Muriendo sobre su roja sangre soriana no tuvo ni tiempo de pensar en cuánto había deseado a la niña de la casa de labranza en su tierra donde él había nacido gañán y ella pequeña ama, donde le darían sepultura sin hablar una palabra de cómo había muerto, porque los señores, así lo ordenaron y a las mandas de los patrones nadie se opone.
Dedicado a los amigos españoles.
Anna de los entresijos












