
Hoy he pensado mucho en mi niño, definitivamente, huérfano, que ha perdido a su padre en las olas del Cantábrico. Aquel marinero de luengas barbas ha muerto en mi inspiración y su barca de escasas dimensiones sucumbió en una tormenta contra las rías...Y ya es mucho el tiempo del duelo que llevo como para seguir esperándole a la vera del mar vestida de negro como las mujeres de los pescadores. Si debo decir que una semilla pequeña engendró en mi, aunque tan diminuta que no acertó a crecer y es inutil el esfuerzo de ser una madre sola de un niño que se niega a transformarse en letras de hombre. Por eso y en memoria de quien no tuvo constancia, yo en mi Atlántico en la isla de arenas negras, rumor de pasado quebrado y futuro que puede empezar mañana, esta noche, voy a encarar una séptima novela que no hable del niño, ni de la jaca, ni de la mujer que el navegante enamoró por capricho.
Anna, vestido negro, largo pelo envuelto en oscuna mantilla, quiere retornar a su tierra firme.













29.01.08 @ 01:38